53 lunes
Son las 6:38 y aquí estoy, el último lunes del año. Como cada lunes en los 53 que ha tenido este año que despedimos esta semana.
Cuando intento hacer balance de este año, lo primero que me viene no es una lista de logros ni de hitos, sino una sensación extraña: muchos meses pasaron tan rápido que no dejaron un recuerdo nítido. No hay escenas claras, sino imágenes borrosas, desenfocadas, como fotografías tomadas con prisas. Como si hubiera atravesado buena parte del año sin detenerme lo suficiente como para que la memoria pudiera agarrarse a algo sólido.
Y, sin embargo, algo se ordenó.
No fue inmediato ni cómodo. Hicieron falta dos vuelos de quince horas y un viaje a Japón para que algo dentro de mí volviera a colocarse en su sitio. A veces el centro no se encuentra mirando más hondo, sino cambiando radicalmente el paisaje. Japón fue eso: un desplazamiento físico enorme para lograr un pequeño pero decisivo ajuste interno. Volví con ilusión. Volví distinta. Volví sabiendo cosas que antes solo intuía.
Este también ha sido el año de la disciplina. Desde junio, cuatro días a la semana de ejercicio. Sin épica, sin grandes discursos motivacionales. Con constancia. Con compromiso. El año en que empecé a tomar creatina y colágeno —porque una va aprendiendo a sostener el cuerpo que tiene, no el que recuerda— y, de regalo inesperado, el año en que debuté con los sofocos. Bienvenida a esta fase, me dije, con una mezcla de ironía y rendición.
Ha sido, más que nunca, el año de recalcular. De asumir que el método ya no es trazar una ruta perfecta, sino saber ajustar el rumbo sin dramatizar cada desvío. El año de hablarme con honestidad y aceptar que los objetivos que me puse en enero ya no representan a la mujer que soy ahora. Y eso, aunque al principio incomode, es una buena noticia.
Hicieron falta meses —de esos que tengo medio borrados— y aquel viaje para asumirlo: no soy la misma persona que empezó el año. Y no pasa nada. De hecho, menos mal.
También fue el año de afrontar que El Manual de Invierno no se iba a publicar. Decirlo en voz alta, asumirlo sin excusas ni autoengaños, fue una pequeña derrota… y a la vez un acto de coherencia. Porque este ha sido, sobre todo, el año en que establecí rutinas no solo amables, sino mucho más alineadas conmigo. Rutinas que no buscan exprimir, sino sostener.
Ha sido el año de decirme la verdad. Y, cuando ha hecho falta, de darme unas cuantas galletas cósmicas —de esas que no son castigo, sino despertador.
El año de cerrar puertas sin dejar una rendija “por si acaso”. De no volver a mirar atrás. El año de muy poca playa y de muy poco descanso, algo que me ha llevado a comprometerme seriamente a defender mis límites de forma más fiera. Porque ya he aprendido que nadie lo va a hacer por mí.
También fue el año de decir adiós a mi ML, el coche que llegó el 23 de diciembre de 2006 y se fue el mismo día 19 años más tarde. Conectados hasta para eso. No me cabe ninguna duda de que nuestro ciclo fue perfecto. De cerrar capítulos que ni siquiera sabía que seguían abiertos. De soltar inercias que ya no tenían sentido, aunque llevaran tiempo conmigo. Y con todo esto, no me ha quedado otra que ajustarme a mi nueva personalidad y tomar decisiones. En el 2004 abrí un blog, algo que se le parecía bastante a esto, al final no es más que una ventana donde cuelgo mis reflexiones, y a mitad del 2024 me vine aquí. Este tránsito ha sido como si me hubiera ido de mi casa a un piso de alquiler. Ahora, me doy cuenta de que me fui porque tenía que hacer una reforma. Y eso ya ha pasado. En enero vuelvo a mi casa, a mis rincones, a mis dominios, ya reformados y listos para acogerme a cómo soy ahora, con las necesidades que preciso. No vas a notar nada porque seguirás recibiendo por mail el enlace para leer el artículo completo, como cada lunes. Por eso te voy a recomendar que te suscribas porque si vienes directa aquí, probablemente no encuentres nada.
La palabra de este año fue desafío. Y no ha defraudado: hizo gala de ella mes tras mes, sin excepciones ni treguas. Pero también ha sido el año de la transformación. De esas que no se anuncian con fuegos artificiales, sino que se notan cuando te pruebas la vida y algo encaja distinto.
Estoy lista para andar con estos nuevos zapatos.
Puede que todavía estén un poco duros.
Pero ya son míos.


